El Instituto de Patología Forense se ha convertido en un mar de lágrimas para familias que buscan a sus seres queridos tras la tragedia del Jet Set.
El Instituto Nacional de Patología Forense se ha convertido en el epicentro del dolor colectivo que dejó la tragedia del Jet Set. Allí, cientos de familiares se congregan con el corazón en la mano, aferrados a la esperanza de que el nombre de su ser querido no figure entre los fallecidos, o al menos, recibir noticias definitivas que les permitan enfrentar la realidad.
En medio del frío piso, donde muchos se derrumban por la angustia y el agotamiento, el consuelo escasea. Las lágrimas, los gritos de desesperación y los abrazos entre desconocidos forman un paisaje desgarrador. “Ay Dios mío, que no esté en la lista”, se escuchaba entre sollozos, mientras otros simplemente suplicaban por alguna respuesta. Cada vez que un miembro del personal médico aparece con una hoja en la mano, las miradas se clavan en él con ansiedad, esperando una señal, un nombre, algo que ponga fin a la incertidumbre.
Entre lamentos, rabia e impotencia, los rostros de la tragedia muestran una sociedad rota por la pérdida. Bajo una carpa improvisada en la entrada del instituto, decenas permanecen en vela, abrazando el dolor o esperando con la fe intacta. Mientras el director de Patología informaba las cifras, cuatro personas sostenían a una mujer desmayada al confirmar que el cuerpo de su familiar estaba en una de las camillas. En ese lugar, donde se cruzan la vida y la muerte, el duelo se respira y la esperanza se apaga lentamente.

















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